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CULTURA

23 de octubre de 2026

Yayoi Kusama, pintora japonesa: "La autodestrucción del ego es el único camino hacia la paz"

A finales de los años sesenta, una joven artista oriental escandalizó a los Estados Unidos con sus performances de desnudez masiva. Detrás del aparente descontrol hippie, se escondía un manifiesto místico y político radical

Yayoi Kusama, pintora japonesa: "La autodestrucción del ego es el único camino hacia la paz"

Fuente: Netfan Servicios

En el invierno de 1968, las calles de Nueva York eran un polvorín de asfalto y consignas políticas. La Guerra de Vietnam devoraba jóvenes mientras el capitalismo corporativo consolidaba su imperio en la televisión. En ese escenario, una mujer de melena rigurosa y mirada imperturbable alteró el orden público. Su nombre era Yayoi Kusama. No llevaba armas sino pinceles, pintura flúo y un fajo de papeles mimeografiados que repartía a los transeúntes mientras un grupo de voluntarios se desnudaba en pleno Central Park.

Aquellos volantes callejeros, impresos de manera precaria pero con la urgencia de un edicto revolucionario, contenían una declaración que funcionaba como un mantra chamánico: "Vuélvete uno con la eternidad. Conviértete en parte de tu entorno. Quítate la ropa. Olvídate de ti mismo. Haz el amor. La autodestrucción del ego es el único camino hacia la paz". Para el ciudadano común de la época, aquello era simple exhibicionismo contracultural o locura neovanguardista. Para la historia del arte, era otra cosa.

Contrario a lo que la masividad de su mito actual sugiere, esta frase no nació en las paredes climatizadas de un museo moderno ni se concibió originalmente para un libro de tapa dura. Nació en el barro de la protesta urbana. Yayoi Kusama la redactó y la distribuyó como parte de sus panfletos estéticos entre 1967 y 1969, un período donde fundó su propia iglesia contracultural (la Kusama Church of Self-Obliteration) para justificar legalmente sus intervenciones nudistas ante la persecución policial.

Sin embargo, para comprender el impacto duradero de este pensamiento, es necesario acudir al registro definitivo de esa época: su película experimental de 1967, Self-Obliteration (Autoborramiento), y décadas más tarde, su consagrada obra literaria autobiográfica, Infinity Net: The Autobiography of Yayoi Kusama (Red Infinita: La autobiografía de Yayoi Kusama). En este libro, publicado originalmente en Japón en 2002, Kusama compila estas proclamas neoyorquinas y contextualiza su importancia.

Infinity Net no es una simple cronología de anécdotas de alcoba con Andy Warhol o Donald Judd; es un documento histórico fundamental donde la autora explica cómo su patología psiquiátrica se convirtió en una teoría política global. El libro demuestra que el uso de la desnudez no era una sumisión a la moda de la liberación sexual, sino un rechazo absoluto al uniforme militar y a la indumentaria burguesa. Para analizar la frase hoy implica desarmar el concepto nuclear: la self-obliteration.

La self-obliteration es el autoborramiento o la autodestrucción del ego. Cuando Yayoi Kusama dice "quítate la ropa" hace un llamado a la desposesión. En la filosofía oriental que arrastraba desde su Matsumoto natal, el cuerpo cubierto por ropas es el cuerpo cubierto por estatus, por clase social, por nacionalidad y por género. Al desnudar a sus modelos y cubrirlos con lunares idénticos ?como en los registros de la performance Narcissus Garden (El jardín de Narciso)?, lograba que el individuo se diluyera.

La frase es, en esencia, un ataque frontal al hiperindividualismo occidental. En un presente dominado por la tiranía del algoritmo, donde el yo digital exige una autoexposición constante y una hipertrofia del ego en las redes sociales, la propuesta de Yayoi Kusama se vuelve profética. Mientras el siglo XXI nos empuja a diferenciarnos, a competir y a construir una marca personal, estya artista nos propone el descanso absoluto de nosotros mismos: fundirnos con el entorno hasta desaparecer.

Esta idea no es un satélite dentro de su producción; es el núcleo que sostiene toda su cosmología visual. Desde sus primeros lienzos de la serie Infinity Nets (Redes de infinito) pintados en su precario taller de Nueva York a finales de los cincuenta, hasta sus icónicas esculturas de calabazas gigantes, Yayoi Kusama repitió el mismo patrón de manera obsesiva. Sus alucinaciones infantiles fueron domesticadas y convertidas en un método estético. La autodestrucción del ego fue su forma de mantenerse con vida.

Frente al trauma familiar, al maltrato de su madre y al horror de la posguerra japonesa, la artista descubrió que la única manera de no ser destruida por el mundo era volverse parte de él. La vigencia de este fragmento de su manifiesto radica en que no ha envejecido como una reliquia de la utopía hippie de los sesenta. Al contrario, resuena en nuestro presente: la verdadera paz se encuentra en la capacidad de mirar el universo, reconocer nuestra condición de fragmento microscópico y dejarnos borrar por el infinito.

Yayoi Kusama fue una de las artistas más influyentes y taquilleras del planeta, célebre por haber convertido sus obsesiones psicológicas en un fenómeno estético. Nacida en Matsumoto, Japón, en 1929, sufrió desde la infancia alucinaciones visuales y auditivas que la llevaban a ver redes y campos de lunares. Tras estudiar pintura tradicional japonesa, en 1957 se mudó a Nueva York, donde se convirtió en una figura clave de la vanguardia contracultural participando en el arte pop, el minimalismo y el happening.

Acosada por problemas de salud mental, regresó a Japón en la década de 1970 y, por decisión propia, ingresó en 1977 en el Hospital Psiquiátrico Seiwa de Tokio, lugar que convirtió en su base residencial y operativa para seguir creando de forma diaria durante casi medio siglo. Su producción artística abarcó la pintura, la performance, la literatura y la moda, destacándose mundialmente por sus icónicas esculturas de calabazas gigantes y sus instalaciones inmersivas denominadas Habitaciones de espejos infinitos.

Reconocida tardíamente por las grandes instituciones del arte, su obra fue objeto de multitudinarias retrospectivas en museos como el MoMA de Nueva York o la Tate Modern de Londres, transformándola en un ícono de la cultura pop. Tras una vida consagrada por completo a la búsqueda de la eternidad y la disolución del ego a través del color, la "reina de los lunares" falleció en Tokio el 14 de agosto de 2026 a los 97 años de edad, dejando un legado imperecedero en la historia del arte universal.

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